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Relato 2:
Dejando atrás la ciudad sagrada de Quilmes y su historia, nos dirigimos a Cafayate.
La carretera es buena y poco a poco vamos subiendo a las montañas que veíamos lejanas.

Llegados a Cafayate a media tarde, agotados, con frío, pero aún impactados por lo vivido en Amaicha con la Pachamama y en las Ruinas de Quilmes.
Y en nuestros pensamientos siempre: nuestros Cerros color azul.
Nos alojamos y fuimos en busca del tardío almuerzo.

En un restaurante de la Plaza comimos estofado de llama y cabrito al horno, especialidades del lugar. Con un vino excelente: estábamos en la tierra “del buen vino”.

Visitamos la Catedral Nuestra Sra. Del Rosario, muy bonita.

Durmiendo la siesta calentita…
La Oficina de Turismo se encuentra en el edificio del Ayuntamiento (Municipalidad). Una casa colonial muy bien conservada, con una fuente en su patio y estancias grandes. No obtuvimos más información que la que ya teníamos, pero nos atendieron muy bien.

Nos perdimos en un mercadillo artesanal frente a la plaza.

Ya de noche, camino al hotel, descubrimos con sorpresa y alegría un refugio para perros callejeros en una esquina de la plaza: casitas muy limpias y cuidadas, con mensajes claros y directos.

También había cuencos son agua limpia y alimentos.

Aplausos para esa buena gente.

Al día siguiente nos desayunamos temprano, rico y abundante.

Era el día del censo nacional en Argentina y nos advirtieron que no encontraríamos abierto ningún negocio hasta las 18:00 horas.
Salimos en busca de los Médanos, formaciones de arena blanca con mucha mica que brilla al sol. Cubren un área de 20 kilómetros cuadrados y tiene caprichosas formas que el viento mueve a su antojo. Había llovido días antes, por lo que los caminos estaban anegados. Debimos dejar el coche lejos e internarnos por senderos bordeados de vegetación “nada amistosa” para llegar. He de decir que disfrutamos del paisaje por la perseverancia de mi esposo, que insistió en seguir andando esos agrestes senderos hasta dar con los Médanos. Al regreso al hotel, se sorprendieron que pudiéramos llegar sin perdernos, gracias a la experiencia de montañero de mi marido.

Almorzamos frugalmente en el hotel gracias a la gestión del personal, pues en verdad no había ningún negocio abierto por el censo.
A las 14:30 horas nos esperaba uno de los dueños de la Bodega San Pedro de Yacochuya, amigo de mis primos de Tucumán.
Se encuentra a 8 kilómetros de Cafayate con una finca de 20 hectáreas a una altura de 2.000 metros sobre el nivel del mar. Es propiedad de la familia Etchard y quien nos recibió fue Marcos.
El sitio es alucinante: desde la entrada de la bodega se divisa parte de los viñedos con las montañas al fondo. Parece sacado de un óleo, los colores son increíbles.

La bodega es relativamente nueva. Utilizan tanques de acero inoxidable para fermentar la uva. Cuando está listo, el vino se pasa a barricas de roble donde se añeja.

Al ser no laborable por el censo, las instalaciones estaban desiertas. Marcos nos convidó vino de distintos toneles mientras nos explicaba la procedencia y la variedad de la uva.

Nos contó que los vinos tienen elevado precio debido a su calidad, por lo que tienen poco mercado local. Exportan a Norteamérica y Brasil principalmente. Aunque han enviado una pequeña remesa a China como mercado emergente.

Nos encantó la visita, el trato privilegiado recibido de Marcos y nos fuimos con saludos para nuestra gente de Tucumán.
De vuelta nos detuvimos en varios viñedos que bordeaban la carretera, disfrutando de los colores de las viñas y las montañas. La tarde era estupenda.

Entramos en una gasolinera a repostar, el único negocio abierto que encontramos. Y descubrimos la antigua fuente que anunciaba la entrada a Cafayate. Recuerdos hermosos de mi niñez y adolescencia.

Al llegar a la ciudad, paseamos por sus calles pues no pudimos tomarnos ni en café.

Regresamos al hotel, descansamos y volvimos a salir en busca de un lugar donde cenar.

Día nuevo: desayunamos temprano y salimos hacia el Museo del Vino. Bonito lugar, con mucha información.























Enfrente, cruzando la calle, encontramos una construcción un tanto peculiar. Es la casa de un artesano ceramista. La levantó él solo, con sus manos. Por dentro, un museo de piezas cerámicas infinito.

También visitamos “la última pulpería”, un viejo almacén donde aún venden “de todo”.

Frente a la plaza, al sol, nos tomamos un café para despedirnos de Cafayate.

Pusimos rumbo a Salta atravesando la Quebrada del Río Conchas, también conocida como Quebrada de Cafayate.
Tiene casi 90 kilómetros de recorrido. Pudimos contemplar las caprichosas formaciones geológicas de colores ocres y rojizos que el agua y el viento esculpieron en esas montañas durante millones de años.
El tiempo que lleva recorrer estos kilómetros es proporcional al asombro que causa descubrir estas geoformas.
Nos detuvimos en “los colorados”


“los castillos”

“las ventanas”

“el obelisco”

“los estratos”

“el fraile”

“el sapo”

“el mirador tres cruces”

Sin dejar de contemplar el río Conchas que nos acompañaba y nos regalaba paisajes mágicos con las montañas.

Nuestra parada en “el anfiteatro” merece un párrafo aparte.
“techo” de la bóveda natural

Tiene unos 20 metros de profundidad.

Vegetación autóctona

Las paredes tienen distintos colores que van cambiando según les da la luz del sol: rojos, ocres, marrones, rosados, anaranjados. La acústica es única. Encontramos un músico con su quena y el sonido era sobrecogedor.

También nos impresionó “la garganta del diablo” que tiene muy bien puesto el nombre…

Recorrer la Quebrada de las Conchas es como asistir a la obra no culminada de un escultor lento, que se toma, literalmente, “todo” el tiempo del mundo.
Pasamos por Alemanía, un pueblo ferroviario semiabandonado que sobrevive gracias al turismo. Recibió su nombre por la nacionalidad de los obreros que trabajaron en el ramal del ferrocarril.

Pletóricos de naturaleza, nos dirigimos a la ciudad de Salta.
Pero ese es otro relato…
